Anecdota: Fui acosada por su ex
Enero 6th, 2009 por admin | Publicado en Actualidad, Parejas.
Cuando empecé a salir con Mark”, en enero pasado, acababa de romper una larga relación con mi novio, con quien había estado viviendo en Colorado. Tenía 22 años, y decidí mudarme de nuevo a mi barrio natal, en el estado de Nueva York, para planear la próxima etapa de mi vida. En realidad no estaba buscando una nueva relación, pero supe a través de una amiga mutua que Mark quería salir conmigo. Yo lo había conocido en una fiesta a los 15 años, y lo recordaba como un chico apuesto, delgado, con ojos y cabellos oscuros. Pensé, ¿por qué no? No podía imaginarme que salir con él me llevaría a temer por mi vida.
Ardiente nuevo amor
Me fui a vivir a la casa de mis padres para ahorrar dinero, y Mark, que es tres años mayor que yo, trabajaba en una compañía de letreros lumínicos y tenía un apartamento en un lugar cercano. Cinco meses antes, se había separado de su esposa. Habían sido novios en la escuela secundaria y se habían casado después. Lo llamé y acordamos encontramos en un bar cercano. Al verlo, lo hallé tan atractivo como lo recordaba . También parecía muy tímido y tierno, y me gustó inmediatamente. El volvió a llamarme al día siguiente, y fuimos a otro bar esa misma noche. Fue allí cuando le pregunté sobre su relación con
Amy, su ex esposa. Me dijo que se habían casado hacía cinco años, demasiado jóvenes (los dos tenían 21 años), y que habían tenido una hija que en ese instante tenía 4 años. Seis meses atrás, había descubierto que su esposa le era infiel y le había pedido que se fuera de la casa. Me aseguró que ya no la amaba, y que los dos vivían vidas separadas, excepto por el hecho de que compartían la custodia de la niña. En el mismo momento en que me decía que estaba ansioso por obtener el divorcio, Amy, como si hubiera estado escuchándolo, entró en el bar con varias personas. Yo me quedé confundida, pero ella no pareció sorprendida en lo más mínimo al vernos. Fue como si nos hubiera buscado.
Al instante se acercó, se sentó en las piernas de Mark y gritó: ‘¡Oigan todos! ¡Este es mi marido!’ Todo el mundo se volteó a mirar, pero Mark se limitó a bajar la cabeza. Yo me quedé sentada en silencio, sin saber qué pasaba. A los 15 segundos se levantó de las piernas de Mark y se fue a compartir con sus amigos. Mark se disculpó profusamente y me prometió que no volvería a ocurrir. Lo creí. Después de todo, no era su culpa que Amy estuviera loca. Esa noche fui a su apartamento y, aunque no tuvimos sexo, nos besamos y nos acariciamos. Fue muy romántico.
A partir de entonces, las cosas sucedieron con rapidez. Salíamos a diario. A los dos nos gustaba el arte y pasábamos horas dibujando. Cocinábamos platos elaborados y dábamos largos paseos. Las cosas marchaban tan bien, que al mes me pidió que me mudara con él. Yo dudaba, pensaba que era demasiado pronto, y me preocupaba Amy. Ella llamaba cada vez que yo iba a la casa de él, usando a su hija como excusa. Siempre preguntaba si yo estaba allí. Me daba cuenta porque Mark respondía: “Sí, está aquí. ¿Qué te importa? No es asunto tuyo”. Era raro. Aunque le había sido infiel, obviamente le molestaba que Mark hubiera encontrado otra mujer. Pero decidí que no iba a dejar que ella arruinara una relación que yo creía tan especial. Así que poco después de que Mark me pidió que me mudara con él, lo hice. Pensé que Amy se alejaría cuando viera que lo nuestro era serio.
Sicología inversa
Pero ocurrió lo contrario. Cada vez que Mark y yo íbamos a un bar o a un club, Amy aparecía sin falta. No sé cómo averiguaba dónde estábamos. Tal vez recorría el pueblo buscando la camioneta de Mark en los estacionamientos. Una vez que nos divisaba, solía dirigirse a mí, casi siempre delante de Mark, y me hacía preguntas como: “¿Qué tal marcha la relación?” Una noche, trató de arrastrarme a la fuerza a la pista de baile. Cuando me resistí, me dijo: “¿No es cómico cómo Mark canturrea durante el sexo?” Me sentía violada. Mark también se molestaba, pero sólo movía la cabeza y decía: “Así es Amy”.
Un mes después, Amy empezó una obstinada campaña para recuperar a Mark. Lo llamaba y le decía: “¿Por qué no volvemos?” Yo estaba sentada junto a él y le oía decir: “Nunca. Lo nuestro terminó”.
Una vez, cuando estábamos en un bar, ella lo agarró de la mano y trató de besarlo. Pero pronto su desesperación se transformó en cólera, lo que empezó a afectar seriamente nuestra relación. Cuatro meses después que Mark y yo nos hicimos novios, se presentó en nuestra casa borracha y empezó a gritarle, acusándolo de ser un mal padre. El le dijo que se fuera, pero ella se negó y empezó a golpearlo. Mark llamó a la policía, que vino y pudo convencerla de que se marchara. Pero eso no evitó que siguiera llamando a diario. Una vez llamó para decir que la calefacción se había roto
y le exigió a Mark que fuera a arreglarla para que su hija no se resfriara. Una semana después llegó ebria a nuestro apartamento, y le exigió a Mark que la llevara a su casa porque estaba demasiado borracha para conducir su auto. Vivía a sólo unos minutos, pero Mark dijo que estaba preocupado por su hija y me prometió que regresaría enseguida. Yo estaba furiosa.
La sospecha se confirma
Cuando me desperté al otro día, Mark no había vuelto. Busqué el número de Amy, lo marqué, y el mismo Mark contestó. Me dijo que había tenido que quedarse porque Amy empezó a vomitar, y la niña se asustó; pero me pasó por la mente el horrible pensamiento de que había dormido con ella. Se lo pregunté y lo negó. Temblaba como una hoja cuando solté el teléfono, y sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. No quise quedarme en su casa, así que me fui a la de mis padres. Cuando lo llamé más tarde llorando, admitió que me había sido infiel, pero no la noche anterior, sino cuando había ido a arreglar la calefacción. No podía creerlo. Le pregunté una y otra vez llorando por qué lo había hecho. El se disculpó mil veces y me dijo que ella lo había engañado, que lo había hecho ir sólo para seducirlo, que él tontamente había caído en la trampa y que había sido el mayor error de su vida. Me suplicó que regresara, pero yo estaba devastada y decidí quedarme unos días con mis padres. Cuando regresé a los tres días, me negué a dormir en la misma cama que él hasta que resolviéramos los problemas. Me prometió que nunca volvería a serme infiel y que mantendría a Amy alejada de los dos. Yo le creí.
Pero una semana después, Amy enloqueció. Yo había conseguido un trabajo en una tienda, y un día mi jefa me dijo que me llamaban por teléfono. Era Amy. Cuando contesté, empezó a gritar: “¡Maldita seas, arpía, prostituta!” Más tarde llamó a mi jefa para decirle que había contratado a una sicópata. Por suerte, mi jefa se dio cuenta de que la sicópata era ella, y le colgó el teléfono. Dejé de contestar al teléfono en casa, porque tenía miedo de que fuera ella. Una vez estaba hablando con una amiga cuando recibí otra llamada. Sin pensar apreté el botón… y era Amy. Me gritó: “Comes en mis platos. Te acuestas con mi marido en mi cama. Eres una destructora de hogares. ¡Maldita seas, prostituta”. Como siempre, le colgué. Pero esta vez temblaba sin poder controlarme. El tormento estaba afectándome.
A la noche siguiente, los golpes de Amy en la puerta nos despertaron. Mark corrió abajo, y yo me quedé en la cama oyendo a Amy gritar: ‘¡Déjame entrar! ¡Voy a matarte! ¡Voy a matar a Molly!” Se las arregló para romper la cerradura, y Mark tuvo que poner una barricada en la puerta para que no entrara. Después llamó a la policía, pero esta vez Amy escapó antes de que llegara. Estaba tan asustada, que no pude volver a dormirme. Me sentía tan vulnerable, que decidí mudarme. Quería estar con Mark, pero no bajo esas circunstancias. Al otro día, Mark obtuvo una orden de protección contra ella, estipulando que tenía que mantenerse alejada de él, de su casa y de su trabajo. Pero eso no me hizo sentir más segura a mí.
Decidí que tener mi propio apartamento era el único modo de apartarla de mi vida. Pero cuando al fin me mudé, era un manojo de nervios. No podía comer ni dormir, porque tenía miedo de que ella averiguara dónde vivía. Marky yo seguíamos viéndonos, pero teníamos que tomar precauciones para que Amy no lo supiera. Si estábamos caminando y veíamos un auto como el de ella, yo me aterrorizaba. Empecé a tener terribles ataques de pánico, en los que mi corazón palpitaba alocadamente y no podía respirar.
Los ataques se agravaron tanto, que después de sólo dos semanas de vivir sola volví a casa de mis padres para tratar de calmarme. Ellos sabían lo que ocurría y estaban muy preocupados. No había acabado de llegar a su casa, cuando sonó el teléfono. Era Amy. No sé cómo supo que estaba allí, pero recuerdo que pensé que no existía un lugar fuera de su alcance, y eso me aterrorizó aun más. Colgué el teléfono, pero ella siguió llamándome y dejando mensaje tras mensaje en la contestadora de mis padres. Tal vez pensaba que si me hacía huir asustada, Mark sería para ella sola. Era una locura, pero le estaba dando resultado.
Golpe doble
Al mes de mudarme de la casa de Mark, rompí con él. Estaba atribulada y confundida, pero había decidido que no valía la pena mantener una relación que me causara tal terror. Mark pareció devastado. Me suplicó que reconsiderara y me prometió que haría lo que fuera para que volviera con él. Unos días después, supe por una amiga que Mark había empezado a ver de nuevo a Amy, y que lo había estado haciendo incluso antes de nuestra ruptura. Me puse furiosa. Lo confronté en el teléfono, y me dijo que era cierto. Me sentí engañada, como si sólo hubiera sido una ficha en el perverso juego de Mark y Amy. Era como si esos tiernos momentos que habíamos pasado juntos no tuvieran ningún significado. Y pensar que le había aguantado tantas cosas a ella sólo para que él me traicionara, me hacía sentir todavía más abrumada.
Pero ni así me libré de Amy. Unas semanas después de la ruptura, fui a un bar con unas amigas. Estaba sentada en una silla conversando, cuando de pronto sentí un empujón en el pecho. Enseguida mi silla cayó hacia atrás y mi cabeza golpeó el piso. Amy, encima de mí, me enterraba las uñas en el cuello, tiraba de mi pelo y me daba puñetazos. Mis amigas la apartaron, pero ella siguió insultándome a gritos, diciendo que yo era una lunática y que no debía haber sonsacado a Mark. Al otro día, fui a la policía. Los arañazos en mi cuello estaban frescos, y tenía varios testigos del ataque. Allí me dijeron que la arrestarían por acoso. Pero cuando fui a chequear varias semanas después, me dijeron que no habían podido arrestarla porque no la hallaron. Y era natural: luego supe que Amy y Mark se habían mudado juntos a Texas.
Después me enteré de que no era la única víctima de Amy. Una mujer que empezó a trabajar conmigo me dijo que había salido varias veces con Mark antes que yo, pero que dejó de hacerlo porque Amy la había amenazado. Por lo regular, se oyen historias de hombres enloquecidos, que agreden a cualquiera que se acerque a sus ex novias. Pero nunca imaginé que una mujer hiciera lo mismo. Supongo que por eso soporté a Amy. ¡No podía creer lo que veía! Por naturaleza, prefiero resolver los problemas a las buenas y darle a la gente el beneficio de la duda, y la verdad es que llegué a sentir pena por ella: me parecía enferma. Pero al fin me di cuenta de que era peligrosa, y de que me había convertido en el objeto de su maniática obsesión.
Aunque culpo a Amy por la mayor parte de lo ocurrido, Mark también es culpable. En cuanto a mí, he decidido volver a la universidad y estudiar sicología. Siempre me ha interesado la conducta humana, y con lo que me ha ocurrido, sin duda tengo una buena ventaja en el asunto.
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