Con 1,67 m de estatura y 61 Kg de peso, Jenni, 28 años, debería ser una persona con hábitos alimenticios saludables. Pero la realidad es que tiene una enorme cantidad de reglas, bastante elaboradas, acerca de lo que puede llevarse a la boca: no se permite comer queso más de dos veces al mes, y evita los mariscos, los huevos y la comida rápida como si fueran plagas. Si quiere comer postre -cosa que desea a menudo-, sólo come zanahorias en la cena. “Esas reglas me hacen sentir que estoy en control de mi peso”, comenta.
La anorexia y la bulimia son ya relativamente raras, afectando sólo a 5% de la población general. Pero ahora hay un grupo mucho mayor de mujeres -quizá hasta 30% de la población- que sufre de lo que los expertos llaman patrones alimentarios trastornados, que no son más que una serie de hábitos extraños que reflejan su forma poco saludable de pensar acerca de la comida, aun cuando casi todas ellas poseen un peso corporal normal. “La gente está comenzando a usar técnicas más radicales e idiosincráticas para tratar de mantener el peso bajo control”, dice Cynthia Bulik, directora del Programa de Trastornos Alimentarios en la Universidad de North Carolina. La creciente popularidad de las dietas altas en proteína y los ayunos a base de jugos (entre otros planes restrictivos) ha hecho que estos dañinos patrones sean mejor aceptados por la población y, por tanto, más difíciles de detectar por amistades, familiares y médicos.
Pero aunque estos hábitos estén justo en los límites y no caigan en la categoría oficial de trastornos alimentarios son igualmente nocivos y crónicos. “Cuando te alimentas de esa manera, te vas obsesionando más y más con la comida”, explica Ann Kearney-Cooke, sicóloga y directora del Instituto de Sicoterapia en Cincinnati. “Existe la noción de que si controlas tu forma de alimentarte, puedes controlar tu vida; pero eso no es cierto, y a lo único que en realidad conduce es al descontrol”.
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